domingo, 23 de octubre de 2016

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) -parte 2-






Los lazos encantadores

Las egipcias que exhiben su perfil en armoniosos frisos, como espiando de reojo el juicio de la posteridad, nos muestran al mismo tiempo su incuestionada honradez, pues aquellas que observaban con menos disimulo una conducta reprensible se les cortaba la nariz. En general se las representa sentadas en tronos o en sitios de honor en los banquetes, adornadas con joyas y con flores, y no es raro que hombres que dan la cara aparezcan dedicados a trabajos domésticos, ordeñando las vacas o preparando el alimento. Sófocles y Heródoto afirman que muchos maridos se quedaban tejiendo en sus casas mientras las mujeres se dedicaban al comercio, a la música, a los juegos de equilibrio y a los ejercicios de fuerza. Se ignora si ellas defendieron sus privilegios con la aplicación hogareña de estos últimos o si fue una concesión deferente de sus buenos hermanos.
Por la ley del Talmud la esposa judía debe “moler el trigo, cocer el pan, lavar la ropa, amamantar a los hijos, hacer la cama y trabajar la lana”, “pues la ociosidad engendra malos pensamientos”.
A riesgo de que el marido la abandone, no puede reírse con mancebos ni pasear por la plaza con los brazos desnudos o la cabeza descubierta, extravagancia que ni siquiera podría ocurrírsele a la mujer ortodoxa, que se rapa la cabeza para la boda y se coloca para siempre una espantosa peluca de urraca, insufrible para todo aquel que no sea su marido. Este, perversamente imaginativo, ve en esa pelambre hirsuta y de color abominable el símbolo de la fidelidad y la virtud. ¿Qué remedio le queda a la fanática judía?. Sumergirse en la casa que solo puede abandonar definitivamente en caso de lepra, de epilepsia o cuando “se la maltrata con exceso”.
No es extraño que él díga en sus oraciones: "Bendito sea Dios nuestro Señor y Señor de todos los mundos, por no haberme hecho mujer", y ella, la resignada: "Bendito sea el Señor, que me ha creado según su voluntad". En Grecia la joven virtuosa, criada en el gineceo —aposentos femeninos  no hollados jamás por pisadas extrañas— ingresa digna y erguida, supliendo su ignorancia con la souplesse de los drapeados, en una rígida situación matrimonial, y continúa hilando, tejiendo o bordando, dirigiendo a las criadas y lavando en el río. Se sienta en "un sitial elevado al lado del esposo", que regresa de algún platónico o sospechoso encuentro con algún apolíneo adolescente, o de hacer vida social y de la otra con la cultivada hetaira. Esta no es una prostituta de las muchas que abundan, sino una mezcla de cortesana e intelectual, una virtuosa en el arte de vivir desconocido por las virtuosas damas iletradas. "Tenemos hetairas para los placeres det espíritu, rameras para el placer de los sentidos y esposas para darnos hijos" dice Demóstenes con la boca llena de guijarros.
 Se dice que las mujeres romanas eran dueñas de una libertad y de una majestad extraordinarias, y que contaron también con el apoyo de Musonius Rufus, un teórico del feminismo antiguo, con el silencio y la devoción de los perturbadores esclavos y con las críticas del didáctico Ovidio, quien asegura que sólo son castas las que no pueden atraer a nadie.
Sin duda estas prebendas femeninas sólo se ejercerían durante las numerosas guerras y las consecuentes ausencias de los amos del hogar ya que fue precisamente Roma la que impuso la patria potestas, ley que convertía a la mujer y a los hijos en bienes muebles y eximía al marido y padre de toda culpa en el caso de que sintiera el caprichoso impulso de exterminarlos. Las matronas que se destacaron – y son numerosas- han de haberse abierto paso a los codazos y a fuertes golpes de caderas para entrar en la historia y salir de sus casas, puesto que el género femenino era una prolongación de otras telas hogareñas, sin utilidad ni participación en recintos públicos y oficiales y su status se denominaba imbecillitas.
Para los musulmanes “la mujer es una fuente de untuosas delicias, lo mismo que las frutas, las confituras, las masas sustanciosas y los aceites perfumados”; este manjar almibarado los espera en forma de hurí para sumergirlos en las voluptuosidades del paraíso mahometano. En la tierra están algo restringidos. El Corán les aconseja no tener más de cuatro mujeres, a las que pueden privar en caso de descontento, de la sal, de la pimienta y del vinagre. La mujer acata la voluntad de su dueño, silenciosa y velada, porque “los hombres son superiores a causa de las cualidades por las cuales Dios les ha dado la preeminencia”.
En la India las leyes de Manú son generosas: liberan a la mujer de todos los dilemas de la elección. “Sea soltera o casada, o vieja, nunca debe hacer nada de su propia voluntad, ni siquiera en su casa. Si muere el jefe del hogar, dependerá de hijos o parientes, pero nunca se gobernará a su antojo”
La mujer no tiene el derecho de sentarse a la mesa con su marido “pero está autorizada a comer lo que éste le deje”, y lo mejor que puede hacer es tratar de agradarle con la obediencia más absoluta, aunque él sea “contrahecho, viejo, enfermo, repulsivo, grosero, violento, licencioso, borracho y jugador”. Mientras “el dios de la esposa” está ausente, ese dechado de paciencia no debe ponerse aceite en la cabeza, ni limpiarse los dientes, ni roerse las uñas, ni acostarse en su cama, ni comer más de una vez al día. Ese estado de dicha suprema suele estarle prometido a la niña – sobre todo si tiene dientes menudos y la apostura de un cisne o de un pequeño elefante- desde su más tierna infancia. Aparte del privilegio del tejido, del cultivo del opio, de la extracción del carbón y las labores de riego, el previsor marido reserva a la esposa una última deferencia: la de arder en la misma llama. La viuda que se arroja en la pira mortuoria irá a habitar en el mismo cielo que su magnánimo señor, unos treinta y cinco millones de años. De lo contrario, como el nirvana no admite más que seres masculinos, tendrá que esperar otras transmigraciones hasta “merecer convertirse en un hombre”.
En China, el advenimiento de una niña del sexo femenino es saludado como “la teja que cae en la cabeza” y los padres suelen liberarse de esa incomodidad sumergiendo la de ella en un lebrillo de agua y teniéndola colgada por los pies hasta lograr la total asfixia. En el libro del Kiang-nau-tie-lei-tu-sin-pien se lee que “ en las aldeas muchas gentes practican la costumbre de asfixiar a las niñas y llegan hasta el extremo de ahogar a los muchachos”; otra obra moral ataca esta perniciosa costumbre: Cuentos con láminas para disuadir a los padres de que ahoguen a sus hijas. Las que sobrevivan se prepararán para la seducción con “pies de lirio”, asegurados mediante un vendaje muy apretado que mantiene doblados sobre la planta cuatro dedos. Gracias al balanceo de los brazos y al equilibrio sobre los talones, la china se desliza “cual pájaro ligero que corre batiendo las alas para atrapar el dorado insecto que pasa por delante”. Más le valdría dejarlo pasar, porque el marido chino tiene el derecho de pegar a su mujer, siempre que no le produzca fracturas, y el que no lo hiciere cuando las situaciones lo autorizan, puede ser considerado torpe o negligente. Flor de Jazmín, Luna Plateada, Suave Perfume o Sombra de las Nacientes Lilas- la cortesía se agota totalmente en el lenguaje-debe someterse con gratitud a este derecho de corrección, sin olvidar jamás que “es la pobre tonta de la casa” y que “el esposo es el cielo de la esposa” en el Celeste Imperio, donde el cielo es un espejo bruñido que jamás se empaña.
En el Imperio del Sol Naciente sucede algo semejante, y la esposa, que ha tenido la delicada atención de afeitarse las cejas y de ennegrecerse los dientes para agradar a su exquisito señor, es la primera que se levanta y la última que se acuesta sin chistar, pues basta que “hable con la locuacidad de un papagayo” para que sea repudiada por su exigente marido.
En algunas tribus de Argelia el recién casado coloca en la tienda, junto a la recién desposada, un grueso garrote, a manera de amable símbolo hogareño. Y en Tlemacén le pisa con redundante fuerza el pie derecho para recordarle su futura y definitiva condición.
Los persas afirman que “toda doncella que se niegue a tomar esposo irá fatalmente a habitar las regiones infernales, sea cual fuere la excelencia de sus obras”. Si no se niega, su destino es más o menos semejante. “Ha de venerar a su marido; ha de presentarse todas las mañanas delante de él como ante un juez, de pie y con las manos debajo de las axilas en señal de sumisión; se inclinará y llevará tres veces las manos desde su frente al suelo, luego tomará órdenes, y en seguida irá a ejecutarlas”.
Quienes reprochan aún a las mujeres haber elegido el matrimonio como la más fácil de las carreras han omitido referirse a su ceguera, a su masoquismo, a su heroicidad o a su ambición. Desmedida ambición: “el matrimonio eleva a la mujer al acercarla al hombre”.

Cuerpos brujos

La Mujer, la Madre ancestral, ha sido venerada y temida en todos los tiempos. Esencial e irremplazable, como el Mal frente al Bien, la Tiniebla frente a la Luz, La Luna o la Tierra frente al Sol, ocupa el lugar del misterio insondable desde las más remotas cosmogonías.
Las funciones asombrosas de su cuerpo hacen que su potencia se afirme dentro y fuera de este reino, provocando el estupor y el resentimiento de los hombres.
Por si no bastara Eva, una antigua leyenda hebrea de la Creación ilustra el encono masculino hacia los naturales y exclusivos poderes femeninos. Cuenta aquella que Adán, antes de perder su costilla, tenía una hermana gemela que era, a la vez, su esposa: Lilith. Esta no le concedía ninguna superioridad y se negaba a ser su sierva. Arrojada del Paraíso se convirtió en un monstruo, en un vampiro que atacaba a los hombres mientras dormían y los forzaba a tener relaciones sexuales con ella. Especialmente malvada con los niños- se negó a tenerlos de Adán-engendró con el ángel caído Sammael tres mosntruos de cuerpo humano con cuartos traseros de asno y alas de esfinge. Perdió su categoría de mujer y se convirtió en la primera bruja.
Esta leyenda, según Leopold Stein, fue uno de los esfuerzos que los hombres hicieron por liberarse de la madre mágica que proyectan en toda mujer. Muchas otras represalias y castigos le sigueron.
Frente a los primeros síntomas que convertían a una niña en mujer, no sólo algunos pueblos reaccionaban declarándolas impuras o satánicas y sepultándolas hasta el cuello o aislándolas como a animales infectos, sino que la leyenda cubrió en algunas épocas todo el esclarecido mundo. Plinio mismo dice en su Historia Natural. “La mujer en ese estado agría con su proximidad el vino nuevo, las semillas que toca se esterilizan, los renuevos tiernos perecen, las flores del jardín se mustian y los frutos del árbol bajo el cual ella se sienta caen. A su sola mirada se empaña el resplandor de los espejos, se embota el filo de la espada, pierden su brillo los marfiles, mueren los enjambres; hasta el bronce y el hierro se enmohecen y contraen un repugnante hedor. El betún, que por naturaleza se pega a todo lo que toca y que, en ciertas épocas del año sobrenada en el lago Asfaltites de Judea, no puede romperse sino con un hilo bañado en este virus. Hasta las hormigas, animales minúsculos, cuando padecen su propia influencia, arrojan los granos que transportan y no los vuelven a recoger jamás”. Aún ahora hay señoras que, conscientes de este poder, no tocan flores ni plantas en “sus días inevitables”, para no marchitarlas; no usan perlas para no empañarlas, ni baten mayonesas para no cortarlas. ¡Bienaventuradas las que oyeron y creyeron!
La fuerza mágica de la mujer, a pesar de que Cristo fuera feminista, parece haber sido admitida, con el consiguiente horror, por los Padres de la Iglesia. San Pablo es un gran detractor. San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Máximo no se le quedan atrás. Tertuliano sienta el gran corolario al llamarla “Templo edificado sobre cloacas”. Es la corporización de la peor de todas las tentaciones: el demonio de la carne.
En la Edad Media, mientras el hombre va a liberar con las Cruzadas el Santo Sepulcro, la virtuosa castellana se mantiene como “unidad sellada” gracias a los torturantes cinturones de castidad. Es inaccesible, es tan forzosamente lejana e intocable como un ángel en el ánimo de los trovadores, es una estrella y una musa que recibe el homenaje de la canción, las flores y el suspiro. Pero hay otras: las brujas, que asumen todo el vaho del encierro y lo ponen a hervir en los calderos. El Malleus Maleficarum es una extraordinaria guía, mezcla de tratado de misoginia y de manual del FBI que practica el indentikit más indiscutible para encontrarlas. Los inquisidores hacen el resto. La bruja tiene estampada alguna marca de su pacto con el diablo en algún lugar del cuerpo (lunar, cicatriz, verruga, mancha o cualquier otra particularidad que se le encuentre); es incapaz de llorar; posee zonas insensibles; no tiene sombra porque la ha vendido y la sombra es el alma; evita los deberes conyugales y tiene relaciones con el diablo; niega en la hoguera para encubrir al gran perverso; no es sumisa, ni inocente, ni espiritual; usa filtros para hechizar a los incautos con deseos que jamás podrán satisfacer; arruina las viñas, las pasturas y las cosechas; provoca cataclismos y tormentas. Es un buen combustible. Alimentó enormes incendios hasta fines del siglo xvii y algunas fogatas aisladas aún después.
Su enigma sin embargo, no fue descifrado ni consumido en esos fuegos. Aún ahora, sus mecanismos primordiales, ese ser que engendra, alumbra y amamanta, continúa siendo un interrogante, una fuerza opuesta, instintiva y ciega.
El sexoi masculino no es mero sexo. Inclusive el “macho” oscuro y elemental asume esa designación con el agregado del coraje, de la integridad, de la fuerza, y la nobleza, pero ve en la “hembra” oscura y elemental una zarabanda de representaciones amenazadoras. “Monstruosa y cebada, la reina de las termitas impera sobre los machos esclavizados: la manta religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y se lo devoran; la perra en celo corre por las callejuelas, dejando detrás de sí una estela perversa; la mona se exhibe impúdicamente y se niega con hipócrita coquetería; las fieras más soberbias – la tigresa, la leona y la pantera-, se acuestan servilmente bajo el abrazo imperial del macho.

Inerte, impaciente, astuta, estúpida, insensible, lúbrica, feroz o humillada: el hombre provoca en la mujer a todas las hembras a la vez”, dice Simone de Beaivoir.

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