lunes, 11 de agosto de 2014

Tiempo y memoria (Olga Orozco)










Me pidieron que hablara de algún tema recurrente en mi obra, especialmente en La oscuridad es otro sol. Hablaré entonces del tiempo y la memoria, que si bien no surgen como el tema de la obra, son dos presencias constantes y dos fundamentos de mi escritura, y tal vez estas anotaciones expliquen muchos nudos, muchas interrogaciones, muchos retornos que se presentan en ella con insistencia, aunque con distintas máscaras. No voy a intentar una definición del tiempo. Me sucede lo que a San Agustín: cuando me preguntan qué es no lo sé, y cuando no me lo preguntan lo sé. Tampoco voy a recorrer las diferentes teorías que existen acerca de su fugitivo y perverso comportamiento. Correría el riesgo de quedar aprisionada en algún laberinto científico o de atragantarme con alguna fórmula insoluble. Literariamente, por otra parte, tendría que recurrir a ríos que corren y se secan, a ángeles vengadores que aparecen a la hora exacta del exterminio, a pájaros que transportan la inmensidad debajo de sus alas y a amores invencibles hasta la transparencia, como corresponde a la buena y a la mala retórica. De tal modo, me reduciré a ampararme en la eternidad, único lugar venturoso para contemplar las horas y los siglos, porque la eternidad es mortal para el tiempo, como el ajo para los vampiros, la risa para los monstruos y la mañana para los fantasmas. Los disuelven, los pulverizan, o los mantienen a distancia. Desde allí, desde ese bienaventurado refugio, puedo decir que no me interesa saber si el tiempo es una forma del pensamiento, o un aspecto de la realidad hecha duración, o una entidad mensurable junto con el espacio. Ni siquiera voy a recurrir a la precaria solución de que el tiempo es un monarca en el territorio de las sensaciones. No sé si es una red infinita que me envuelve en sus múltiples direcciones o si es solo unidimensional, o si corre únicamente desde el pasado hacia el futuro porque ése es el limitado, fatal trayecto de la conciencia. Si bien a veces, visto desde el momento, sentimos el tiempo como un presente que no tiene pasado ni futuro; y otras, desde la continuidad, como una cuerda que corre y se enrolla solamente en el pasado o como una tromba que nos aspira por completo hacia el porvenir, basta optar para que esta división se vacíe de todo sentido y la cabeza se convierta en un mudo suspenso o en un estruendoso remolino. Kierkegaard dice que el momento designa lo presente como aquello que no tiene pasado ni futuro y que en esto radica la imperfección de la vida sensible, y agrega que lo eterno designa también lo presente en una permanencia sin ningún pasado y sin ningún futuro y que ésta es la perfección de lo eterno. Es decir, dos presentes, sin más, un presente continuamente renovado en el mundo de lo pasajero y un presente incesante en el mundo de la perduración, el uno precario como la vida, y el otro privilegiado como la eternidad. Tal es el cumplimiento del presente en la tierra y en el cielo. Pero no es ése el tiempo que yo elijo ahora y aquí: no el puro presente, porque cabalgar en ese presente desbocado es establecer una carrera perdida, es precipitarse hacia la muerte con los ojos cerrados, es pasar de latido en latido entre dos nadas. A mí lo que me importa es que el tiempo fluya en todas direcciones, que pase, que se acumule hacia atrás y que vuelva transformado y dinámico, y también que el otro, el que está adelante, me salga al encuentro antes de llegar; es decir, me importa uno como retorno en movimiento y el otro como anticipación que llega del porvenir en forma de asombroso emisario, llámese a esto momentáneamente intuición o presentimiento. También está el tiempo condicional, donde continúa desarrollándose lo no cumplido: ese deseo, esa vehemencia o ese temor que tomaron un desvío, una varilla desechada en el gran abanico del visible destino, y que muchos consideran enterrados bajo la lápida del alivio o de la frustración, transformados en humo o en polvo inconsistente, cuando en realidad ese deseo, esa vehemencia o ese temor han seguido proliferando en inmensas fundaciones, en inmensas malezas transparentes que nos asisten o persiguen. Así, aunque no tenga todos los tiempos bajo la mirada, como Dios, que contemplara desde la cumbre y hacia abajo las circunvoluciones, los rodeos, los atajos, las interrupciones y los ramales de todos los caminos a la vez, puede advertirse que no soy una observadora fijada en un lugar por un paralizante entomólogo, alguien que trata de fijar, como otro entomólogo, el fugaz instante actual, la tentadora mariposa que siempre se escurre dejando un polvillo entre los dedos, y que siempre resulta ilusoria, porque acaba de escaparse, porque ya está tan distante como las estrellas extinguidas. No, no soy alguien que se enfrenta desde un presente obligatorio al depósito rígido del pasado y al muro indescifrable del porvenir, por más que no sepa si el tiempo pasa por mí o si yo paso por el tiempo, si lo traje al nacer como una semilla venenosa o me echa su aliento corrosivo desde afuera. 
Como en los sueños, en la creación soy el escenario activo por donde el tiempo circula hacia ambas direcciones, sin limitaciones, sin fronteras, como en los sueños, no es sorprendente que me encuentre con pertenencias del pasado y del futuro, unas reconocibles por sus semejanzas, y las otras posibles, a veces probables, a través de una posterior comprobación, como aquellas que realizó minuciosamente en sus experimentos J.W. Dunne, tan frecuentado por Borges, y que consignó con la misma prolijidad en su libro" Un experimento con el tiempo". Tampoco es raro que el entrecruzamiento de ambos tiempos sea tan veloz que produzca la sensación de lo deja vú, ese desconcierto en la dirección como el de un tren en plena marcha que se cruza con otro detenido. También es habitual, diría rutinaria, la sensación de que el tiempo se ha contraído o dilatado. Larguísimas horas de alegría se repliegan hasta caber en un dedal (Ah, las fugaces dichas) y dolores muy breves se estiran en recorrido ilimitado ("Como el movimiento en el círculo, así es la pena en el infierno", dice Raimundo Lullio). Y no es ocioso agregar aquí que por alto prestigio de la ausencia "todos los paraísos son perdidos" y crecen a medida que se alejan. Tales alteraciones tan extrañas del tiempo abundan en la literatura aun más allá del común desfasaje entre el tiempo cronológico y el psicológico. Así RipVan Winkle, en el cuento de Washington Irving, duerme una noche que son veinte años, y en el cuento español del Deán de Santiago y Don Illán pasa toda una vida mientras se cocinan unas perdices. Cioran dice que la principal aventura del hombre es la de violentar el tiempo. Y de eso se trata: de forzar el tiempo hasta su mayor resistencia, de luchar contrala muerte. Yo trato en lo posible de transgredir la sucesión lineal, el común ordenamiento, se barajan las distintas etapas. Siento que cada tiempo incluye todos los otros, un poco como dice Eliot en los Cuatro cuartetos:

"Tiempo presente, tiempo pasado
ambos son quizá presente en el tiempo futuro,
y el tiempo futuro está contenido en el tiempo pasado.
Si todo tiempo está contenido en el tiempo presente
todo tiempo es irreductible.
En mi comienzo esta mi fin."

De modo que así como el presente influye en el porvenir, el porvenir influye en el presente y corrige el pasado: no sólo soy por lo que fui, sino que soy y fui por lo que seré. Esta acción incesante, circular, hace de la memoria misma un instrumento activo contra el tiempo, desbaratando su tiranía, haciendo que la repetición convierta lo que parecería una clarividencia en una lectura del pasado, invirtiendo la relación entre causa y efecto; y justamente Roa Bastos en Vigilia del Almirante dice que el universo es infinito porque es circular y que solo avanzando hacia atrás se puede llegar al futuro por su esfericidad. Y Stephen Hawking en Historia del tiempo hace especulaciones acerca de un posible cambio en la dirección del tiempo, de acuerdo con este sentido inverso podríamos ver los trozos de un vaso roto esparcidos por el suelo y advertir que los pedazos se reúnen repentinamente y saltan hacia arriba recomponiendo el vaso entero sobre una mesa pues ¿qué memoria es ésa que sólo recuerda hacia atrás? Y así también dice la Reina Blanca en Alicia a través del espejo de Lewis Carroll, mientras rebobina vertiginosamente el tiempo y lo desanda, de modo que primero grita, después le sangra el dedo y en seguida se clava el alfiler,
origen de su grito en una sucesión causal. Podríamos hacer entonces que el agua derramada entrara de nuevo en el cuenco, que se reabsorbieran las lágrimas, que los muertos resucitaran, que las puertas cerradas volvieran a abrirse. ¿No es ésa una verdadera memoria hacia adelante? Entonces podríamos responderle a la Reina Blanca que la memoria es una actualidad de mil caras y que cada cara recubre la memoria de otras mil caras y que el pasado estampa a veces sus huellas infantiles en los muros agrietados del porvenir. Con la abolición del tiempo irreversible, la angustia por la caducidad de las cosas, por un presente que continuamente deja de ser, y todos los juegos son posibles. Los de Wells, con su fabulosa máquina del tiempo; los de Horn, con su periódico de mañana; los de Supervielle, con su niña recordada y proyectada en alta mar por la nostalgia de su padre; los de Priestley, con sus sorpresivas intrusiones del pasado y del porvenir; los de Beerbohm, con sus visitas al futuro; los de Borges, hechos de múltiples combinaciones, hasta la más sencilla, la que convierte en actuales todos los momentos, la de aquel memorioso Funes que archivaba los días, que sabía hasta las formas de las nubes y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho.

Yo no tengo archivos mentales como el de Funes, ni recuerdo días en los que no me sucedió ni me impresionó algo. Tengo en su lugar viveros o almácigos que perduran, proliferan y se multiplican conmigo, como si tuvieran su propio instinto de conservación. Esa memoria cuya acción es incesante y circular es la que elijo, no es entonces esa melancólica añoranza de brazos caídos que llamamos nostalgia, sino una memoria viviente y ávida, que se encarna y reencarna para descubrir, para perseguir significaciones como por primera vez. Mis recuerdos no son ausencias que vuelven a ser presencias, como una sombra calcada, como una proyección incesante, pero inmóvil, semejante a la de la linterna mágica o a la de esas fotografías de las que habla Roland Barthes en La cámara lúcida y que son como intrusiones de la muerte en una realidad efervescente ""Todos esos fotógrafos que se agitan a la captura de la realidad no saben que son agentes de la muerte", dice. Y efectivamente, la persona que posó, que fue sorprendida, solemne, tímida o desenvuelta, pero siempre indefensa, enfrentó el oscuro ojo de la mira y el disparador, como en un fusilamiento. El resultado es un cuerpo inerte, una proyección remota, un rígido testigo de otro mundo incrustado en éste, viviente y agitado, una presencia ausente, al igual que la de todos los objetos, por otra parte, a menos que se sea animista y se los vea no imparciales, sino cargados de intención, de simpatía, de rechazos, de vigilancia, trascendidos por su contorno del momento. Pero en la fotografía, como en el recuerdo inmóvil, no hay contornos. Hay un marco que no permite un más allá, hay un trozo recortado de lo que ya fue... Pero en cambio aquí frente a mi memoria, soy yo misma el campo de las imágenes que proyecto y que contamino con mi tiempo, con mis acaeceres, con mis dichas y mis desdichas, mis luces y mis oscuridades. Se dice, tal vez sea una creencia supersticiosa, que la repetición exacta de la atmósfera, de unas condiciones especiales que se dieron una vez, pueden provocar la reaparición de una imagen o de un hecho que fueron particularmente intensos, particularmente significativos. Así la María Celeste podría verse intacta ciertos días, como antes de su naufragio; el Holandés Errante deambula por los mares dispuesto a reanudar su pacto con Satán para cruzar el Cabo de Buena Esperanza, y en Maratón los atenienses se levantan de sus tumbas y prosiguen su lucha entre el relincho de los caballos. Tal vez, sin proponérmelo, yo recreo en mí la atmósfera necesaria pare que se produzca la repetición incesante, sólo que retocada, contagiada por lo ya vivido. Tal vez tenga que ver con esta visión abierta y misteriosa de todos los tiempos el hecho de que nací en La Pampa. La Pampa, ese paisaje al que alguien llamó "distancia detenida, tiempo sin aventura, vasta prisión sin rejas", cuando en realidad "pampa" quiere decir "espacio"". Y tal vez sea este espacio el que yo llevo en mi interior y en el que se producen como en una pantalla animada y particular mis proyecciones; este espacio donde todo corre libremente, sin que nada se oponga, sin barreras ni murallas para el tiempo ni las filtraciones de otras zonas de la realidad que aparecen de pronto y fundan espejismos en las nubes. La pampa es un espacio donde nada se pierde, donde todo se destaca. En la llana soledad, cada pequeño hueso, cada mata, cada piedrecita, pueden adquirir de pronto un relieve inusitado, insensato; se ponen a existir con una intensidad tal que hasta te llaman, como esas plantas que adelantan su aroma antes de que se las riegue para que no se las olvide: "Llévame, llévame en tu recuerdo" parece decir el pájaro, la lagartija, el viento, y yo los he recogido. He hecho de toda mi vida una prolongación vertiginosa de ese espacio en movimiento que es la pampa, y he instalado allí uno por uno esos elementos dignos de ser elegidos para siempre; les he sacado brillo como a las más prodigiosas de las apariciones. De ese espacio recibí, hace ya muchos años, mis primeras lecciones de abismo y de absoluto. En Toay está la casa donde nací, en un lugar que era tan sólo oscuridades y malezas, cerrazones y misterios, y que ahora es un paisaje prolijo, recortado, geométrico. Mi casa está muy lejos y muy cerca. Sé lo que significa en mi emoción volver a sentarme en aquella galería, oír el chirrido monótono del molino que ya no está y ver pasar las sombras y el color de las horas. Esa casa es la única sobreviviente familiar que me queda, de todos los que me antecedieron. Allí estaba cuando nací y tal vez esté allí cuando me vaya. Siempre la sentí como un refugio: me amparaba en mis miedos y en mis angustias. Y bien, en esa casa empecé a escribir cuando sólo sabía hablar, jugando con las palabras, relacionándolas por sus sonidos y sus posibles significados, sin duda a través de impotencias, exaltaciones y asombros. Yo era una niñita tímida, reconcentrada y temerosa, acosada por enigmas insolubles como lobos, y ahora comprendo que nombrar el mundo a mi manera equivalía a poseerlo o a descubrir en mi propia expresión un lugar permeable y comunicativo que me ayudaba a abordar lo extraño, lo ajeno, lo Otro. Creo que supe desde muy temprano que la forma no era el límite, que había prolongaciones invisibles. Y me dediqué a interrogar las sucesivas realidades que hay detrás y que la incluyen, naturalmente, y siempre recibí como respuesta una interrogación más. Por otra parte, creo que eso es la poesía: la permanente interrogación. En cuanto a la evolución a través de los años, si bien es evidente que el lenguaje se ha ampliado y que el estado de alerta frente a cada paso del proceso creador se ha ido exacerbando, mis intentos de aproximación a lo indecible se dirigen a los mismos centros: la búsqueda de señales de otros planos de la realidad, la apelación a la oculta o manifiesta presencia de Dios, los desplazamientos del tiempo y las transfiguraciones de la memoria, la inmersión en el fondo de mí misma hasta el extrañamiento, y muchas otras excavaciones en las experiencias de conocimiento y de liberación. Hablé antes muy detalladamente acerca del tiempo y de la memoria porque son dos constantes en mi escritura: transgredir el tiempo no es sólo una aventura, es también esgrimir un arma contra su fatalidad, una rebelión contra la muerte. En esta lucha -no importa la derrota- la memoria es una infatigable aliada, pródiga en imaginación, en oportunidades y en recursos. No es el pasado sino el futuro quien nos mata. Tal vez tenga razón Proust: "Tal vez hasta la resurrección después de la muerte sea concebida como un fenómeno de la memoria". Tal vez yo esté allí, dispuesta a resucitar con todos mis huéspedes, mis recuerdos, tan desasosegada, tan lábil, tan cambiante como aquellos médanos y aquellos cardos rusos y aquellos espejismos  viajeros, que aparecían, se deslizaban, crecían y cambiaban de lugar en aquel mágico pueblo donde nací, en plena pampa, donde la oscuridad es otro sol.



(Conferencia pronunciada en la Universidad de Córdoba, 1991)

No hay comentarios:

Publicar un comentario